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    RAMÓN HERNÁNDEZ: Habladurías y sensaciones

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    El Tejado Roto

     

    La indefensión en la que se encuentra la población en general ante la cruel y sanguinaria arremetida del hampa sólo puede compararse con la que se conoció en Venezuela en esa degollina que con bastante procacidad se ha denominado Guerra Federal, y en la que bastaba ser blanco, saber leer y escribir y ser dueño de algo, fuese un burro o una hacienda, para ser merecedor de la muerte más despiadada e inmediata.

    No fue una película mexicana con mariachis cantando rancheras, sino una cantera de violencia en la que letrados e incultos, curas y ateos, mujeres embarazadas y vírgenes adolescentes, carpinteros y sabios, tímidos y tunantes fueron degollados o pasados por las armas con cualquier excusa, sin piedad, distingos ni contemplaciones, pero siempre en el nombre de la justicia y de la construcción de la patria nueva y bonita.

    Ahora no es distinto, salvo que abiertamente se acepta que son muertes perpetradas con fines de lucro, ya sea para apropiarse de un celular de última generación, de un vehículo o del arma que llevaba consigo, si se tratara de un funcionario policial o de un militar la persona escogida como víctima. En el ínterin los voceros y portavoces gubernamentales recalcan, apenados, que los planes de seguridad que han anunciado en 19 ocasiones no tienen fines represivos. Quienes esperan mano dura contra el hampa o simple eficiencia en el desmantelamiento de bandas y captura de asesinos se preguntan si las medidas anunciadas serán, entonces, para organizar juegos florales o concursos de belleza. Tratándose de un gobierno al que en todas sus actuaciones se le descubren las costuras de su carácter forajido, su impronta delincuencial, como dirían Juan Barreto y Rigoberto Lanz en sus tesis doctorales posmodernas, es obvio que la lucha contra el delito sea un simple enunciado con fines electorales, o de apaciguamiento.

    Inseguridad y violencia son las palabras que se emplean para referirse a ese susto que se vive al ser asaltado, a ese dolor que entraña la muerte de un familiar o de un amigo a manos del hampa, a ese desasosiego de estar horas, días y meses apuntado por un delincuente mientras amigos y padres reúnen y entregan el dinero exigido como rescate; pero también resultar herido de muerte por una bala perdida, porque un alto funcionario llegó contento a su casa porque se le dio el negocio, la comisión de 40%, y no encontró mejor vía para expresar su alegría que disparar al aire desde el balcón. No menos violencia e inseguridad es la manera como se les echa gas del bueno, que es absolutamente tóxico, a quienes se les endilga la categoría de opositores, mientras que permiten que sus “aliados” protesten cerrando por varias horas vías principales y secundarias, sin importar las consecuencias y que se viole el derecho al libre tránsito.

    ¿Cómo se llega al hospital? Es más fácil dejarlos protestar que cumplirles las promesas. Vendo escudo del Cid Campeador y espada libertaria.


    Por: RAMÓN HERNÁNDEZ
    @ramonhernandezg
    Política | Opinión
    EL NACIONAL